Quiero compartir el sueño de esta noche.
Uno de mis grandes amigos me dijo que hay cosas que son para publicarse y otras para dejarlas para sí en el cuaderno. Yo estoy de acuerdo con él pero con una excepción: indudablemente ay cosas personalísimas que no pueden salir a la luz a menos que en verdad se amerite (incluso en estos momentos vale la pena dudarlo), pero para las obviedades no hay más que dejar que vuelen, se conozcan (por ser tan obvias) y olvidarlas como los sueños que son difíciles de recordar hasta que se convierten en un deja vu o en definitivo, pasan a ser parte del baúl del olvido.
Y por qué no desahogar el sueño de la noche anterior?
Algo rápido para un día nublado….
Briza matinal, vaho cálido saliendo como humo de chimenea a todo vapor. Un hombre corre por las calles de la ciudad, nadie le detiene, todos se cuestionan su semblante; hombre corre en la dirección equivocada buscando alivio. El aire se hace pesado para advertirle de los mil errores y hombre lo atraviesa para conseguir su respuesta…
Los automóviles no respetan, el golpe es fuerte, el impacto contra el asfalto supone hemorragia cerebral y muerte; hombre es fuerte, si, ya no corre, camina presionando su pecho con sus manos para que el cuerpo no le estalle, hombre busca a su enemigo más grande para amarle y si acaso le encuentra, sabrá que es demasiado tarde, que su enemigo le ha perdonado y ni siquiera le recuerda. Cruza la avenida y el parque, sube escaleras con un trote lento omitiendo el hecho que una multitud cuida sus pasos siguiéndole por el rastro color carmín.
Al fin llega: “casa en venta” se lee en la puerta, golpes de sangre se incrustan con rabia en las ventanas, un susurro le ofrece ayuda y con agotadas fuerzas corre en otra dirección. No quiere auxilio sino respuestas, rostro descompuesto y bañado en sudor olor a hierro compensa su fatiga con tragos de saliva amargos por el plasma del cuerpo, si sabe que los pulmones le estallarán, al menos no quiere que sea en vano, mira a su derecha y busca un rostro confiable: -“por favor, entréguesela a mi papá” – le da su cartera y su teléfono celular.
Mujer asiente con un murmullo y ojos en exceso lubricados por agua salina. No es su hijo o hermano por sangre, pero se vuelve por empatía y sufrimiento. Es desesperante encontrarte contra la muerte que ronda el alma de un hombre que se resiste a marcharse no sin antes cumplir un objetivo importante, intentar ayudarle y ser inútil porque su partida es inevitable, es tétrico ser solamente un espectador acompañante a espera de su paso quebrantable.
Pequeña multitud detiene el tráfico, aleja (irónicamente) a los curiosos y le acompaña como peregrinos. Hombre no agradece porque no tiene conciencia de su entorno, el solo busca redimirse y dormir al fin en paz, hombre solo es parte del asfalto que le reclama rendirse y recostarse.
Sitios sin respuestas, gritos ahogados por la sangre inundando sus pulmones, un último vistazo esperanzado y los ojos quedan abiertos e inmóviles habiendo buscado el rostro de su alivio entre el horizonte…
Mujer abre la cartera y encuentra credenciales, una carta, y una fotografía familiar: reconoce a su hija besando la mejilla de aquel hombre en una noche decembrina, ambos felices. Al reverso solo dos palabras: “Algún Día”.
Y del hombre solo salen las últimas cinco palabras gastadas: “gracias mi niña, te amo”.
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