Necesito un instante lejos de este sitio, miro a la gente e intolerancia es lo que se mira. Yo también he tenido deseos de sacar una bazuca y eliminar tanto rastro de indeseable compañía tengo como acompañante. Tan solo veo que nadie está dispuesto a ceder su asiento, a dar el paso en las largas filas cuando es el último quien en verdad lleva la prisa. Y sin embargo se atraviesa el que está a tres lugares de llegar, es aquel intolerante que rompe con los apenas ligeros intentos de orden. Y observo el rostro inmaculado e inocente de mi agresor (y esa sí como empiezo a imaginarme esta historia), y lo grito por los ojos para ver si tan siquiera mi desprecio ocular logra causar algún remordimiento en su interior. Pero no es así, porque el nefasto ni siquiera se atreve a mirarme, porque pasa indiferente pitorreándose de mi rabia y permitiendo que mi grito desesperante enmudezca. ¿Quién es ese hijo de perra? Para colmo alguien más miserable que yo, es solo alguien que piensa que la educación paso de “moda” y que la apatía lo más “in”, descubro su vacio a medida que lo observo tambalearse por el desequilibrio emocional por escuchar mi sonoro veneno: “¡chingas a tu puta madre!”; el encuentra antídoto golpeando mi rostro con puño cerrado mientras su puta perra madre se encuentra intacta en su casa. Posiblemente la señora morirá hoy cuando le notifiquen que su amado tesoro está tras las rejas por haber golpeado a un hombre “respetable”. Más aun, difícil será para ella no poder ayudarle porque apenas los diez mil pesos de fianza que le piden para liberar a su cachorro y no proceder a encerrarlo bajo la sombra del reclusorio serán inalcanzables para la mujer que desde hace tres años vive de la caridad de los desconocidos, y peor será que el hombre agredido intentará hablar para perdonarlo, pero su tráquea fracturada será el canal que impedirá su fluido lenguaje.
La vida será complicada a partir de hoy, no muchos aprecian al hombre tras las rejas y quienes lo hacen carecen de solvencia. No pueden ayudarle porque el hombre casi al borde del coma era un opulento licenciado neurótico que irónicamente a pocos segundos del golpe también experimentó un infarto cerebral y apenas el primer impacto en el cráneo provocó el derrame que en las próximas horas causaría la muerte del buen hombre dispuesto a perdonarle.
La familia furiosa del finado no será tan benévola. La madre del homicida venderá a bajo precio sus últimos tesoros pues nadie valora los recuerdos y la añoranza, el efectivo no conoce de emociones y el desconocimiento del nuevo crimen hará inútil el esfuerzo. La madre habrá sido asesinada inconscientemente por su miserable hijo y el huérfano cargará en su cautiva conciencia la huella de dos asesinatos en el mismo día.
Y así la vida trascurre todos los días dejando un testimonio de lo fácil que es complicarla. Nuevos invasores ocuparan por la prescripción el pequeño espacio deshabitado ya por la madre olvidada, arrojada a una fosa común y sin un último adiós por parte de nadie. La muerte del perro arrojado a las alcantarillas o a los vertederos pudo ser más honorable que el de esta mujer que merecía un respeto.
El preso será olvidado y sometido a perpetua por homicidio “calificado”, porque su único delito fue haber sido impulsivo en su único verdadero mal día, en el día en que debió de haber guardado más paciencia y no empatarse con un rival semejante: un ser humano.